La mujer que soy ahora.
Cuando miro atrás, me doy cuenta de que no fui realmente consciente de mi capacidad de liderazgo hasta hace unos años. A pesar de haberme mudado mucho durante mi infancia y de haber pasado bastante desapercibida en el instituto, al llegar a la universidad empecé a desarrollar ese rol. Creo que, en parte, me viene de la personalidad inconformista de mi padre, de esa necesidad constante de pensar que las cosas siempre pueden mejorar si se trabajan con ilusión y compromiso. En la universidad fui delegada de clase y, años después, siendo ya maestra, acabé convirtiéndome en directora de un colegio. Pensaba que las cosas podían hacerse mejor, que los espacios podían ser más humanos, más bonitos, más prácticos y más cálidos para quienes convivíamos allí cada día. Sin embargo, con el tiempo entendí algo importante: el trabajo de una directora es, en gran parte, invisible. Es un trabajo que casi nadie ve, que pocas veces se valora y que no aparece reflejado en ningún sitio. Solo lo entiend...


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