La mujer que soy ahora.


Cuando miro atrás, me doy cuenta de que no fui realmente consciente de mi capacidad de liderazgo hasta hace unos años.

A pesar de haberme mudado mucho durante mi infancia y de haber pasado bastante desapercibida en el instituto, al llegar a la universidad empecé a desarrollar ese rol. Creo que, en parte, me viene de la personalidad inconformista de mi padre, de esa necesidad constante de pensar que las cosas siempre pueden mejorar si se trabajan con ilusión y compromiso.
En la universidad fui delegada de clase y, años después, siendo ya maestra, acabé convirtiéndome en directora de un colegio. 

Pensaba que las cosas podían hacerse mejor, que los espacios podían ser más humanos, más bonitos, más prácticos y más cálidos para quienes convivíamos allí cada día.
Sin embargo, con el tiempo entendí algo importante: el trabajo de una directora es, en gran parte, invisible. Es un trabajo que casi nadie ve, que pocas veces se valora y que no aparece reflejado en ningún sitio. Solo lo entiende quien ha estado ahí o ha formado parte de un equipo directivo.

En mi caso, comencé con muchísima ilusión. Quería mejorar cosas, dar un cambio al centro, no solo estético (llenándolo de color, incorporando taquillas para el alumnado o implementando ideas prácticas y útiles) sino también humano. Siempre intenté crear unión, un equipo cohesionado, una especie de familia que trabajara junta por un proyecto común.
Lo hice durante once años. Y durante mucho tiempo lo hice con ilusión y positividad. A pesar de los problemas o los incidentes que iban surgiendo, siempre comenzaba cada curso con ganas renovadas.
Pero poco a poco, cada año se fue haciendo más difícil. La plantilla cambiaba casi por completo y al final solo nos quedábamos unas seis o siete personas; el resto era siempre nuevo. Y eso agota. Agota acoger constantemente, enseñar cómo funciona todo, crear vínculos con personas maravillosas que después se van y dejan una sensación de pérdida importante.

Cada curso se hacía más duro. Y entonces llegó la pandemia, llevándose por delante gran parte de la energía emocional que aún me quedaba. Viví desprecios, insultos y quejas constantes por las medidas que había que tomar en el centro, instrucciones que yo simplemente tenía que aplicar porque venían desde arriba. Y creo que ahí comenzó el momento en el que fui perdiendo la fuerza… o quizá la ilusión.
Mi trabajo dejó de ser un proyecto que me apasionaba y pasó a convertirse en una supervivencia constante: justificar decisiones, sentirme fiscalizada y vivir situaciones muy difíciles con algunas familias y compañeros, donde cualquier corrección profesional podía interpretarse como algo personal.

Creo que fue entonces cuando me di cuenta de que, aunque quería profundamente a mi centro, a mis compañeros y a mi profesión, todo estaba quedando por encima de mi salud mental. Y decidí parar. Porque por mucho que quisiera hacerlo bien, no podía dejar de quererme a mí misma. Igual que una persona sale de una relación tóxica, también hay momentos en los que hay que salir de un entorno que ya no es saludable.

Y ahora, mirando atrás, también soy consciente de algo importante: durante todo ese tiempo yo también era madre. Mis hijos eran pequeños. Viví una separación matrimonial en medio de todo aquello y cargaba además con esa culpa que a veces aparece cuando sentimos que hemos “roto” una familia.

Hoy miro atrás y entiendo muchas cosas. Y también veo que, de alguna manera, todo me ha traído hasta aquí. 

Porque ahora vuelvo a inspirar, a ayudar, a guiar, a enseñar… pero desde otro lugar. He encontrado algo que me llena profundamente, que da sentido a mi vida y que conecta mucho más con quien soy hoy.

Este año, todo es diferente. Trabajando con personas adultas, he vuelto a recuperar algo que creía perdido: la ilusión.
He vuelto a disfrutar enseñando, acompañando y ayudando. Pero esta vez desde un lugar mucho más tranquilo, más humano y más sano para mí. Mis alumnos y alumnas me valoran muchísimo, me dan las gracias constantemente y me hacen sentir algo que llevaba mucho tiempo sin sentir: reconocimiento.

Y quizá eso es lo más bonito de todo. Darme cuenta de que no había perdido mi vocación. Lo que había perdido era la paz.

Después de vivir durante años en un entorno de tensión constante, críticas, exigencias y supervivencia emocional, encontrar ahora personas agradecidas, cercanas y respetuosas ha sido profundamente reparador para mí.

La gente que me conoce me lo dice muchas veces cuando me ve:
“Pareces otra.”

Y sonrío, porque sí, efectivamente soy otra.

Más calmada. Más feliz. Más consciente de mí misma. Más valorada.

Y creo que, por primera vez en mucho tiempo, también más en paz.

A veces cerrar una etapa no significa fracasar, sino elegirte a ti misma para poder volver a brillar desde otro lugar.

Un abrazo grande,
Cris.

Comentarios

Entradas populares